tabúes, mitos y anécdotas de todo tipo

Cuando Lucía (nombre ficticio) tuvo su primera menstruación, fue casi una fiesta en su familia. A pesar de la vergüenza que eso le generaba a ella, su madre lo proclamó orgullosa a los cuatro vientos, mientras que todos los recién enterados insistían en una misma idea: no olvides cerrar las piernas.

Macarena (nombre ficticio) tampoco olvidará esa primera vez; aunque, en su caso, más que con vergüenza lo recuerda con dolor de esa menstruación. ”Cuando me vino por primera vez, a los 12 años, fue prácticamente una hemorragia y al día siguiente tenía que ir al instituto”, cuenta a Hipertextual. “Las dos primeras horas estuve sentada, con mareos y nauseas, hasta que tuve que levantarme para el recreo. Primero vi que la silla estaba ensangrentada. Tuve que esperar a que se fueran todos, excepto una profesora a la que pedí ayuda. Me levanté y no paraba de sangrar”.

Vergüenza, dolor y sangre. Son tres de las primeras palabras que vienen a la mente cuando pensamos en la menstruación. ¿Pero por qué? ¿Acaso hay otro proceso natural de nuestro organismo que tengamos tan demonizado? Por suerte, poco a poco se han ido derribando algunos de ellos. Pero, por desgracia, otros siguen aún muy presentes en nuestro día a día. No hay más que leer los testimonios de las personas que han participado en este artículo.

Mitos y leyendas de la menstruación

“Mi abuelo hacía vino y no nos dejaba entrar a las chicas a la bodega si teníamos la regla, porque tenía la creencia de que el vino se picaba. Ya sabes, la mujer es el origen de todo mal”.

Antiguamente había muchos mitos, como que las mujeres con la regla no se podían lavar el pelo o que si hacían mayonesa se cortaba

De esta historia que cuenta María del Mar hace ya más de treinta años. No es la única que nos ha narrado algunas creencias de sus familiares mayores. Por ejemplo, Rocío (nombre ficticio) recuerda que cuando era pequeña su madre no le dejaba que se lavara el pelo durante la menstruación. Han pasado cincuenta años desde entonces. Ella sabe que aquello no tenía sentido, como también lo sabe Sandra (nombre ficticio), a quien se lo decía su abuela en un pasado mucho más reciente.

Por su parte, Noelia, psicóloga de profesión, fue consciente de cómo siguen arraigadas estas creencias después de tener una conversación con su madre y su abuela. “En una de las clases que tuve del ciclo de promoción en igualdad de género, hablamos sobre la menstruación”, narra la joven.” Cuando llegué a casa, me puse a comentar con mi madre y mi abuela todos los tópicos que había: que si se cortaba la mayonesa, que si no podías tocar la leche, etc. Mi madre es más abierta; pero mi abuela, como señora cristiana, apostólica y romana, lo pasó un poco mal y estaba bastante incómoda hablando de ello”. Como bien añade ella misma, la sexualidad en la vejez sigue siendo un tabú y su vivencia y educación totalmente invisibles.

“Sí que es verdad que, por lo menos aquí en Europa, parece que muchos de estos tabús han ido despareciendo”, explica la psicóloga, sexóloga y educadora sexual Laura Marcilla. “Pero que ya no existan esos estereotipos y tabús más ilógicos o menos racionales, no significa ni mucho menos que la menstruación esté totalmente aceptada. Sigue habiendo mucha desinformación y gente que no sabe qué es normal y qué no o cuándo se debe consultar a un médico”. Como ejemplo, añade que la mayoría de las personas siguen sin llamarlo “menstruación”, sino “regla” o “pelirroja”, porque sentimos que es algo sucio, de lo que no se debe hablar tal cual.

Vivencias de instituto

“En el instituto nos pasábamos las compresas como si fueran droga, porque era algo que daba vergüenza”, recuerda Paula R. “Luego, sin manchabas la silla, te esperabas a que todo el mundo se fuera para levantarte y limpiarla”.

Martina (nombre ficticio) recuerda una historia similar con la mestruación, aunque en su caso pasó tanta vergüenza que le pidió a una amiga que limpiara la silla y ella salió corriendo a casa. Con su jersey atado a la cintura, por supuesto.